Mientras el Gran Culpable
se alberga tras la sabia protección de la frente. “Defensa del miocardio inocente“ Rubén Martínez Villena
Mi familia reclama para sí este amasijo
de neuronas, reforzado con los cuidados que me prodigó cuando niña. La
maestra que me enseñó a leer exige su crédito por aquellas conexiones
que ayudaron a unir pensamiento y lenguaje. Cada uno de mis amigos
también podría demandar su parte, su trozo de un lóbulo o de otro, por
las satisfacciones y los disgustos que han inscrito sobre sus frágiles
circunvoluciones. Hasta el niño que cruzó frente a mis ojos, sólo un
segundo, tendría derecho a una porción de mi corteza cerebral, pues a su
paso grabó un diminuto recuerdo en mi memoria.
Todos los libros que he leído, los
helados que he tomado, los besos dados con frialdad o con pasión, los
filmes que he visto, el café mañanero y la gritería de los vecinos… a
ellos les pertenece una porción de esta masa gris que llevo tras la
frente. Al gato que ronronea y clava las uñas, al policía que vigila y
suena el silbato, a la funcionaria que se ajusta el uniforme militar y
dice “no”, al profesor mediocre que escribe “geografia“ sin acento y al
conferencista brillante cuyas palabras parecen abrir puertas, desplegar
ventanas. A ellos debería entregarles –una a una- mis células
corticales, ya que en ellas lograron hacer marcas indelebles. Mis axones
tendría que distribuirlos entre millones de personas, vivas o muertas, a
las que conocí o simplemente escuché en una nota musical o a través de
sus versos.
Ahora bien, según el decreto ley 302
que regula también los viajes de profesionales al extranjero, mi propio
cerebro –como le ocurre al resto de los graduados universitarios- no me
pertenece. Los pliegues y los surcos de este órgano son propiedad
–según la nueva legalidad- de un sistema educativo que se ufana de su
gratuidad para después cobrarnos con la propiedad sobre nuestro
intelecto. Las autoridades que regulan la posibilidad salir de esta
Isla, creen que un ciudadano calificado es un simple conglomerado de
materia encefálica “formada” por el Estado. Pero reclamar los derechos
de uso de una mente humana es como querer ponerle puertas al mar…
grilletes a cada neurona.

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