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| Rosa María Rodríguez Torrado |
“No se trata de olvidar todo lo que ha sucedido, sino de releerlo con sentimientos nuevos aprendiendo, precisamente, de las experiencias sufridas, que sólo el amor construye, mientras el odio produce destrucción y ruina”.
Juan Pablo II.
Aún recuerdo la indignación y pena generales por el atentado terrorista al avión cubano en Barbados en 1976 y cómo fui por mi cuenta a rendir tributo a las 73 víctimas en la Plaza de la Revolución. Estoy segura de que muchos acudieron espontáneamente en solidaridad con los caídos al igual que yo, sentidos profundamente por la barbarie. Los cubanos del archipiélago nos hermanamos más ante esa mira de terror que había apuntado y disparado hacia nosotros, lastimándonos profundamente y evidenciando que el odio, la impotencia y la malignidad también se manifiestan con bombas.
Hay heridas que nunca cierran, y la de perder a un ser querido por un crimen es una de las que impiden la sutura sicológica en los familiares y allegados de los que perecen. Pero si irreparable, cruel y triste es ese hecho, también lo es que por un lado, no castiguen a los autores del delito, y por el otro, que constantemente las autoridades cubanas exhumen esa pesadilla, no solo como un acto de recordación, sino con fines políticos y propagandísticos. Además, porque lleva la intención de ratificarles a sus cuadros y a sus seguidores por qué perseverar en la inflexibilidad política y en el torcido camino trazado, pues existe la amenaza que viene del norte, con su catecismo de terror esculpido en plastilina asesina. Mienten abierta y reiteradamente desde la jefatura estatal, generalizan y meten convenientemente en el mismo saco a todos los exiliados cubanos porque es la premisa del enemigo conveniente que les ha «sitiado la plaza» garantizándoles una larga, rígida e inflexible permanencia en el poder.
La manipulación de los hechos históricos —que es una práctica usual de los gobernantes nacionales—, fomenta el rencor que divide, hastía, envilece y mediatiza. No se deben continuar exacerbando los odios para justificar medidas coercitivas o estadios represivos. Releer con sentimientos nuevos y poner en práctica estrategias constructivas y siempre renovadoras que coadyuven al entendimiento y sana convivencia de todos, es el camino del bien común. Hurgar continuamente en el pasado con propósitos manipuladoramente beligerantes, es un procedimiento cruel con las sociedades. Los gobiernos, para que sean catalogados como responsables deben aprender a eludir esa mala práctica, y el cubano no es una excepción. Otras fueran nuestras relaciones con el gobierno español si no hubiéramos perdonado y reenfocado con una visión edificante y actualizada la reconcentración de Valeriano Weyler durante nuestra gesta independentista. ¿Qué sería de la Unión Europea si a Alemania —que es uno de los motores económicos de la región—, el pueblo israelita y el mundo no le hubieran perdonado el holocausto?
Resulta incongruente e injusto que los dirigentes nacionales impulsen campañas en las que se defienden los derechos de los ciudadanos del mundo, cuando ignoran los derechos de sus propios compatriotas. Urge pues, que se erradiquen las formas de gobierno que establecen y practican el terror cívico irrespetando los derechos de sus conciudadanos. Cuando no se consulta la voluntad del pueblo, sino que se le ordena con rigidez desde la butaca de gobernación, se desvinculan los intereses de ambos actores y se da paso al totalitarismo. En la modernidad no deben tener cabida los actos terroristas —ni los gobiernos que siembran el miedo y violan las libertades fundamentales de su ciudadanía—, ni se deben justificar los crímenes de ninguna índole. Elevo mi voz una vez más con la exigencia de un orden de convivencia democrática en el que se respeten las diferencias y se garanticen el estado de derecho, la paz y la pluralidad.
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| BARRIO BLOG. Foto: Julio César Soler Baró Diseño de Imagen: Juan Collins |










































