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| Osmani García, la víctima propiciatoria de la ocasión. Foto tomada de Internet |
Por estos días se ha desatado un desproporcionado escándalo en torno a la vulgaridad de un video clip cubano oficialmente demonizado y cuasi prohibido por el mismísimo ministro de cultura. Se trata del reguetón titulado “El chupi chupi”, cuya letra –en efecto– constituye un monumento tal a la grosería audiovisual que podría considerarse el récord dentro de un género que ha destacado en la música cubana tanto por lo soez y lo insubstancial de las letras e imágenes como por lo machacón y repetitivo de sus estribillos.
Queda explícito en el párrafo anterior que esta blogger detesta el reguetón, pese a que reconoce y reverencia el soberano derecho de los amantes de este (¿género musical?) a disfrutarlo a plenitud, siempre que a su vez no invadan mis oídos con la agresividad y simplismo de sus letras. Sin embargo, he quedado muy sorprendida ante la virulencia del ataque oficial contra un video clip que, básicamente, no se diferencia demasiado de otros igualmente vulgares, casi pornográficos y de similar insulsez de contenido. Y si entiendo que el escándalo resulta “desproporcionado”, es porque en una pelea de reguetón y reguetonero contra el formidable aparato cultural y de prensa oficial, poco podrían hacer “El chupi chupi y su autor, Osmani García, para defenderse.
Por otra parte, no logro comprender tanto puritanismo tardío ante un fenómeno que se ha venido enseñoreando del escenario musical cubano, no desde “los últimos años”, como sostiene una encumbrada doctora en Ciencias sobre Arte en un artículo publicado por la prensa (Granma, miércoles 23 de noviembre de 2011, páginas 4-5) –la comisaria artística designada para santificar ante el público la censura–, sino al menos en las últimas dos décadas. Diríase que la especialista autora de la diatriba periodística, con el rango de Profesora Titular del Dpto. de Musicología del Instituto Superior de Arte –que tales son sus muy bruñidos y largos títulos y blasones–, estuvo encerrada en su torre de marfil escuchando solo música clásica durante todo este tiempo y por eso no se había enterado de que, en efecto, la vulgaridad musical se ha entronizado en el gusto de una buena parte del pueblo cubano. Me pregunto cómo se podrá ser especialista en musicología e ignorar el proceso de depauperación que ha venido carcomiendo la música popular cubana en el propio entorno.
Digo esto porque es imposible circular por las calles de esta ciudad sin que pase algún bicitaxi dispensando reguetones a su paso, a todo volumen, contaminando el ambiente sonoro con la chusmería y marginalidad de sus letras. Los choferes de algunos ómnibus tienen similares hábitos y comparten con los pasajeros de sus atiborrados vehículos lo que consideran el sumun de la creación musical, solidarios que son ellos y no quieren disfrutar solos. Lo mismo ocurre con muchos de los almendrones que cubren líneas fijas de trasporte en los que los pasajeros que pagan por su alquiler tienen que sufrir, les guste o no, la difusión de reguetones a altos decibeles… ¡Y pobre del que se atreva a sugerir al chofer que baje el volumen del equipo!: el maltrato del conductor no es superable ni siquiera por la propia letra de la musiquita en cuestión. Si no lo creen, pregunten a Yoani Sánchez, que en una ocasión tuvo que bajarse del automóvil ante la iracundia del chofer por su discreto reclamo. Desde entonces ella decidió abordar el transporte protegida por audífonos que le permiten levantar una barrera de defensa anti-reguetón y a la vez disfrutar de la música de su gusto, sin ganarse un problema ni molestar a nadie.
Pero justamente ante la avalancha contra “El Chupi…” he comenzado a recordar otros reguetones y otras letras que han venido ocupando durante largos años el gusto popular. Algunas de estas creaciones son más vulgares y “estupidizantes” que otras, pero todas forman parte de un repertorio bajo cuya influencia han crecido muchos de los que hoy son jóvenes y adolescentes. Recuerdo algunas joyitas de esas, cuya letra decía “chúpame la caña dulce, mamá…”; otra clamaba con voz de gata en celo “¡Aaaayyy, a mí me gustan los yuma…”. Otra instaba: “Chupa, chupa, chupa pirulí; te lo sacas de la boca, te lo pones en la nariz…”. Y así, por el estilo y con el mismo nivel de ero-idiotez rítmica.
Tales engendros han sido también una constante incluso en fiestas de cumpleaños infantiles, en actividades supuestamente culturales de las escuelas de todos los niveles de enseñanza, en las fiestas de los CDR, en acampadas pioneriles y –lo crean o no– hasta en las celebraciones de círculos infantiles, promovidas por los organizadores de esas actividades, a saber, los profesores, educadores, directores de centros docentes, promotores culturales, instructores, etc. En dichas ocasiones suele ocurrir que incluso se compite, y los niños que mejor imitan los movimientos pélvicos de los adultos y que con más soltura son capaces de “llegar hasta el piso”, resultan los más aplaudidos y estimulados por los mayores. Así pues, en efecto, el gusto por el reguetón se ha convertido en un fenómeno muy extendido. No por casualidad “El chupi…” había sido nominado por voto popular para la última y reciente edición de los Premios Lucas, el certamen anual de los video clips cubanos; competencia de la que fue eliminado por decisión del ministro, en contra de la propuesta de su cultísimo pueblo.
Hasta el día de hoy, pienso que el fomento de este tipo de música se ha extendido en Cuba bajo la protección oficial, dirigido a un público muy particular: las grandes masas. Divulgar letras que no digan nada, mantener al gran público entorpecido y aletargado ante la repetición de tanto estribillo vacío, apelar a la exaltación de lo sensorial-sexual como vía para descargar las ansiedades de tantas privaciones, idiotizar, embrutecer, animalizar, ha sido una estrategia “cultural” utilizada por el poder para canalizar las energías y controlarlas, lejos de los reclamos y del razonamiento. Por otra parte, este tipo de producto tiende a afianzar la imagen de paraíso sexual que tan atractivo resulta a los fines de estimular el turismo, una apuesta económica por excelencia para el gobierno. Solo que, al parecer, la imagen que se viene ofreciendo de la cultura cubana está resultando ya demasiado obscena y, por alguna razón que desconozco, han mandado a parar.
De cualquier manera, es sabido que las censuras y prohibiciones no hacen más que estimular el consumo de lo prohibido. Por estos días la gente no ha cesado de comentar “el caso del Chupi”, y quienes no tenían todavía el video clip, corrieron a buscarlo. Efecto inverso de reacción que hace subversivo –y por tanto, atractivo–, todo lo que disgusta a las autoridades. Quizás sea hora de que los dueños de los medios comprendan que no se trata de prohibir, sino de diversificar los espacios y las opciones; es tiempo de abrirse a la verdadera y total libertad artística y estética y permitir todos los canales por los que fluya la creación. Eso haría del cubano un pueblo más culto y selectivo. Que el reguetón no sea ni la única música popular, ni tampoco la prohibida; podría ser otro de los tantos comienzos que necesitamos.
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| BARRIO BLOG. Foto: Julio César Soler Baró Diseño de Imagen: Juan Collins |


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