viernes, 25 de noviembre de 2011

Encuestas, ¿para complacer expectativas?

"Sin EVAsión" el blog de Miriam Celaya

Algún día. Obra de la artista plástica cubana Alicia Leal
En el transcurso de esta semana tuve una participación fugaz en un programa de radio en el cual, lamentablemente, no hubo tiempo suficiente para debatir sobre el tema a propósito del cual fui requerida. Desde luego que no se trata de la radio cubana de la Isla, ni tampoco este post pretende hacer una valoración crítica del programa en cuestión, espacio que tengo en alta estima y que me ha distinguido invitándome en más de una ocasión. La radio tiene características muy peculiares y la naturaleza de un programa más bien informativo impide extenderse en consideraciones más enjundiosas. Pero lo cierto es que, apenas con un minuto o dos para hablar, me quedé –como decimos los cubanos– con cosas por dentro que no me gustaría dejar pasar, no porque solo en un debate extenso hay posibilidades de sostener réplicas y contrarréplicas, sino porque el contenido del mismo giraba en torno a una encuesta realizada en Cuba por el Instituto Republicano Internacional  (IRI) –una institución que ha realizado un total de seis encuestas en Cuba en el transcurso de los últimos meses– y sobre sus resultados. Nada de la realidad cubana actual me puede ser ajeno. Sirva,  pues, nuestro blog como soporte virtual para expresar con entera libertad algunas consideraciones que se relacionan con dicha encuesta y con su contenido.

Debo comenzar reconociendo que, quizás debido a mi formación académica, a pesar de considerar las encuestas como herramientas útiles las tomo con cierta reserva. Para mí son solo eso: herramientas; un medio y no un fin. Es obvio que toda encuesta lleva implícita una inevitable carga de subjetividad relacionada con los intereses de la investigación que se realiza, con la selección de la muestra y con otros factores no menos importantes; es por ello que hacer generalizaciones sociológicas a partir de un muestreo restringido resulta bastante arriesgado, con independencia de la seriedad y profesionalidad de las instituciones encuestadoras. Lo primero, a mi entender, es que la indagación debe implicar arribar a nuevos conocimientos para superar lo ya conocido y no dirigirse meramente a confirmar cuestiones que son del dominio público. Y aunque no salen de mi bolsillo los fondos para sustentar tales pesquisas, me siento en la absoluta libertad de cuestionarme los resultados de ésta y de cualquier otra encuesta, agraden o no mis opiniones.

En lo que a muchos cubanos de acá respecta, no se precisa de los resultados de una investigación para verificar los grandes niveles de descontento e incertidumbre que vivimos al interior de la Isla, o para constatar la desconfianza sobre la gestión gubernamental en la  “implementación de  cambios” o la “renovación del modelo”. ¡Ni qué decir sobre las llamadas reformas económicas del General! Basta acudir a las oficinas de registro de licencias para verificar la cantidad de “permisos” que se devuelven cada día. No hay que ser muy sagaz para prever que una parte de quienes apelaron a  la legalidad a fin de mantener un pequeño negocio particular –sea éste una cafetería, un restaurante o una tarima de bisutería– y no pudieron enfrentar los altos impuestos y otros desafíos económicos, tratarán de sobrevivir desde el futuro inmediato de alguna otra manera, no necesariamente “legal”, habida cuenta que el empleador por excelencia durante medio siglo, Papá Estado, ha comenzado, lenta, pero sostenidamente, su marejada (ya que no “ola”) de despidos y no quedan muchas opciones. Estos elementos del frustrado proto-empresariado nacional, constituyen, ya sea a nivel consciente o inconsciente, un sector de críticos y potenciales desafectos al sistema.

En cuanto a la desconfianza en el gobierno y en el “proyecto socialista”, así como la desesperanza en el porvenir de la nación, están nítidamente refrendadas en el incremento del número de cubanos que emigran, tanto de manera legal como ilegal, en marea creciente y constante. Si se mira con objetividad, podría afirmarse que tal emigración es el plebiscito visible que hace muchos años viene marcando un NO al gobierno castro-comunista. Puede también asegurarse que la celebración del VI Congreso del PCC en abril de este propio año, con sus decepcionantes resultados, ha servido como un catalizador que ha acelerado la estampida, lo que constituye el mudo criterio del pueblo acerca de su fe en las reformas económicas. Cuba se desangra dramáticamente, perdiendo en el éxodo la mayor parte de su fuerza de trabajo joven, mucha gente emprendedora y una buena parte de sus mejores especialistas. ¿No es ésta una certeza más contundente que mil encuestas?

A estas alturas del partido es una verdad de Pero Grullo que los cubanos tenemos un misérrimo índice de conectividad a Internet, cuestión ésta que ha sido publicada en numerosas ocasiones por instituciones, organismos y personalidades internacionales, de manera que resulta un tanto redundante mencionar un (muy fabuloso) 7% de conectividad en la Isla. Sobre todo si se sabe que muchos cubanos que poseen una cuenta oficial de correos en una red nacional estrictamente controlada dicen que “tienen Internet”. Con todo, dicha cifra resulta generosa y no refleja en su verdadera y lamentable magnitud la orfandad de acceso de la inmensa mayoría de los cubanos que jamás han tenido la oportunidad de asomarse siquiera a un buscador de la Red.
Como factor adicional, un muestreo de 500 individuos como cifra representativa de una población que supera los 11 millones de individuos, me hace tomar la encuesta con reservas. No me parece serio el argumento de que el número sea válido porque tales “son los estándares aprobados por prestigiosos organismos encuestadores a nivel internacional” y por tanto los resultados son efectivos. La estandarización del conocimiento o de la investigación solo puede conducir a la ignorancia de factores de raigal importancia, sobre todo cuando de sociología y política se trata. No creo, por ejemplo, que la respuesta de 500 cubanos “de adentro” sea tan confiable y veraz como la de igual número de individuos de Francia, Alemania, Estados Unidos o cualquier otra sociedad democrática… precisamente las que marcan los estándares. Lamento que la respuesta a mis dudas por parte de una especialista del IRI haya sido tan superficial, con perdón de todos los títulos y blasones que la adornen, pero no suelo resignarme a la gracia de aceptación o asumir dócilmente  la supuesta superioridad intelectual de una entidad por el simple y mero hecho de que existen estándares previamente establecidos (“incuestionables” por demás) y, por tanto, “buenos”.

Otro elemento a tomar en cuenta en el caso cubano es la paranoia nacional, generadora de un clima de autocensura que con frecuencia impide obtener respuestas auténticas de los encuestados. Alcanzar índices de entre 80-90% de criterios contrarios al gobierno dentro de Cuba es algo verdaderamente muy difícil de lograr, incluso por los cubanos que hacemos periodismo independiente. En numerosas ocasiones he escuchado respuestas evasivas hasta por parte de personas a las que conozco desde hace mucho tiempo, con las que tengo relaciones de confianza y que son críticas con la realidad cubana. “No me interesa la política”, “No quiero saber nada de eso, lo que quiero es irme”, “A mí lo que me interesa es resolver mi vida y la de mi familia, yo no me meto en nada”, o también últimamente responden remedando un número musical muy en boga: “Yo lo único que quiero es un cachito pa’ vivir”. Entonces, no puedo menos que pensar que los encuestadores del instituto de referencia dieron con los 500 cubanos más cívicos de toda la Isla. ¡Vaya suertudos! No sé si la institución comprenda a cabalidad la responsabilidad que entraña crear falsas expectativas en una nación (formada por cubanos de todas partes) sometida a tan larga y ansiosa espera. No faltarán quienes piensen ante estos resultados que alcanzar el final de la dictadura cubana es solo cuestión de trámites.

Un colega al cual respeto mucho y que participó en el mismo programa, otorgó una credibilidad absoluta a la encuesta y desestimó mis reservas porque –según expresó– “Ya los cubanos han perdido el miedo y se expresan públicamente en las colas, en las aglomeraciones del transporte, etc.”, lo cual es totalmente cierto y lo ha podido comprobar también esta escribidora en sus callejeos cotidianos. Ahora bien, no es lo mismo una catarsis colectiva y coyuntural en medio de una situación estresante que asumir sin temor una encuesta (por muy anónima que ésta sea) frente a desconocidos, para una institución extranjera por añadidura… ¿Cree de verdad mi colega que estas dos situaciones son comparables? ¿Cree que la explosión verbal ante un cúmulo de frustraciones implica por sí sola una actitud política antigubernamental o una madurez cívica? Entonces, ¿qué es lo que nos falta?, ¿acaso solo voluntad? No lo creo.

Por mi parte, yo también quisiera que al menos 500 cubanos anónimos y de a pie hayan asumido la responsabilidad de expresarse conscientemente y sin temores para los estudios de una encuesta, aunque francamente “me cuesta” creerlo. No es un problema de falta de fe, sino de realismo. En lo que a mí respecta, aunque estoy convencida del irreversible fracaso del sistema y del ineludible fin de la dictadura cubana,prefiero no llamarme a engaños ni endulzar la píldora. Rechazo los triunfalismos de cualquier color o tendencia, y tendré la comprobación de los índices obtenidos por el Instituto Republicano Internacional el día que el número de cubanos que apoyen y defiendan públicamente a las Damas de Blanco llegue al menos a la mitad de los repudiantes que contrata el gobierno para acosarlas; cuando la cantidad de votantes que asistan a las urnas en las falsas elecciones del llamado “poder popular” descienda al menos al 50%; cuando en una reunión oficial cualquiera –del CDR, de “rendición de cuentas”, de algún sindicato, de algún núcleo del PCC, etc– se levanten al menos 5 ó 10 cubanos para cuestionarse la política gubernamental o las decisiones “superiores” o simplemente alguien diga “me opongo a la propuesta”. Puede que ese momento no tarde mucho, así de optimista soy, pero hasta hoy lo cierto es, señores encuestadores, que más allá de las buenas intenciones y los deseos de complacer, las cifras que ofrecen sus sondeos –como las “reformas” del General Raúl– no ofrecen una certidumbre de cambios.




BARRIO BLOG.
Foto: Julio César Soler Baró
Diseño de Imagen: Juan Collins

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