jueves, 16 de mayo de 2013

Ángel Santiesteban acosado y aislado en la 1580. Raúl Castro responsable de su integridad.

"Los hijos que nadie quiso"
el blog de Ángel Santiesteban

Pasados varios días de la puesta en escena del paraíso tropical carcelario para la “prensa” acreditada y del examen ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, donde el canciller Bruno Rodríguez dijo que aceptarán las recomendaciones que el organismo internacional ha hecho para que se apliquen al sistema carcelario castrista y donde también ha dicho que permitirán las visitas de la Cruz Roja, todo sigue igual o peor. Nada cambió ni cambiará porque los cambios jamás pueden venir de quienes han provocado la tragedia cubana. El único cambio posible es erradicar de raíz el mal: la dictadura dinástica de los sádicos hermanos Castro.
Cuba es una pequeña isla en cuya geografía se concentra la mayor cantidad de cárceles del mundo. La Isla de la Felicidad es una gran cárcel donde -dentro de sus numerosos campos de concentración viven hacinados, torturados, humillados y famélicos miles de reclusos que -culpables o no- tienen derechos como cualquier ser humano; derechos que el régimen de La Habana jamás les respetó. A esos reclusos comunes hay que sumarle el más del centenar de prisioneros de conciencia a quienes enjaulan para silenciarlos bajo acusaciones falsas de delitos comunes, como es el caso de Ángel Santiesteban.
Afortunadamente, a través de Ángel  -y a pesar de los incesantes esfuerzos de sus carceleros por silenciarlo- pudimos saber que en ese macabro campo de concentración en el que él se encuentra -la 1580 en San Miguel del Padrón, La Habana- hubo el día 5 de mayo un principio de motín originado por la indignación de la población penal al ver cómo dos esbirros torturaban a un joven negro, enfermo mental, cuya humanidad está encerrada allí. Gracias a la solidaridad de todos, dejaron en paz al infortunado muchacho y los reclusos se calmaron.
Pero de este episodio debemos rescatar dos cosas importantísimas. Una es que ni aun en esas terribles condiciones de vida (¿?) los valores y la solidaridad desaparecen. Aunque siempre habrá los que elijan aliarse a sus verdugos, la mayoría conserva y defiende la dignidad. Si muchas veces callan es solo por evitar males mayores, pero llegados momentos de crueldad máxima, como el que relató Ángel, los principios se imponen sobre el miedo y se convierten todos en una voz contra la injusticia. Ello ha detenido el salvajismo que podría haber matado al joven.
Pero -y no menos importante- es que cuando la barbarie se manifiesta con toda la furia, el clamor de los reclusos no se limita solo a gritar contra ella y a detenerla, sino que se convierte en un clamor por la libertad, por la democracia, contra la dictadura, contra el dictador y en una seria advertencia que no debería pasar inadvertida para nadie, especialmente para Raúl Castro y para los organismos internacionales que poco o nada hacen por detener los abusos acumulados ya en esa friolera de 54 años de la mal llamada “Revolución”.
Eran presos comunes los que convirtieron su clamor de justicia por el compañero en consignas por la libertad y contra la dictadura. Reos comunes que posiblemente cuando vivían en libertad (la que se puede vivir en Cuba) no se habían cuestionado jamás la legitimidad o no del gobierno que los esclaviza; un gobierno ineficiente, desvergonzado y manipulador que es el verdadero culpable de que ellos estén allí, pues los ha obligado a delinquir con el único fin de sobrevivir y alimentar a la familia.
No se trata de hacer apología del delito. Para nada. Pero todos sabemos que la justicia en Cuba no es tal sino un poder subsidiario y dependiente del poder político que administra más venganzas que condenas por delitos reales. Y que, traicionando aquella promesa de que la Revolución era “una Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes” se ensaña más con los más humildes y con los más desprotegidos. Y todavía más con quienes luchan por la libertad.
Es justamente la plena vigencia de tanta arbitrariedad y tanta injusticia en Cuba la que “fabrica” disidentes y opositores, y en este proceso los campos de concentración no son la excepción. Al contrario. Este comienzo de motín ha demostrado que, cuando ya los reos no tienen nada que perder, pierden el miedo y recuperan la dignidad.
Ángel está siendo abusado de otra manera, pero no menos cruel. Esta siendo torturado psicológicamente. Le han cortado toda vía de comunicación con su familia, a excepción de esos dos míseros minutos al teléfono cada cierto tiempo. Le han arrebatado la libre comunicación con sus compañeros, a los que tienen acosados y amenazados de castigo si se relacionan con él. Pero una vez más, demostrando valor e inteligencia, son muchos los que crean estrategias para comunicarse sin ser advertidos por los carceleros y por los reos que se vendieron a sus sobornos.
Ángel está donde no tiene que estar. Está pagando una venganza por haber osado expresare con libertad. Para ello pretendieron convertirlo en un abusador y un violador, pero de nada sirvió el intento porque nadie se lo ha creído. Los pocos infelices que se pronunciaron en su contra son los que bajo amenaza y presión no saben conservar la dignidad o al menos guardar silencio.
Los ojos del mundo civilizado están en Cuba y en los abusos que se cometen. La mirada de los organismos internacionales está sobre Ángel Santiesteban y son cada vez más los que se pronuncian a su favor. Cuantos más abusos cometan contra él, más crece la solidaridad que despierta su injusticia.
Raúl Castro lo sabe y es el responsable directo de cualquier cosa que pueda sucederle a Ángel. Como también lo son el ejército de eunucos que cumplen sus miserables órdenes, pero no solo como soldados obedientes sino como auténticos sádicos manifestando todos sus instintos asesinos.
Y una vez más -y no nos cansaremos de repetirlo hasta que se haga justicia con Ángel: exigimos su inmediato traslado a La Lima de donde, a pesar de no tener que estar allí, tampoco debió haber sido trasladado ilegal y violentamente; exigimos que se le respeten absolutamente todos sus derechos y que sea sometido a un juicio justo con todas las garantías procesales, aquellas que brillaron por su total ausencia en el juicio por el que ahora lo tienen enjaulado; exigimos que lo dejen trabajar en paz, haciendo lo que él sabe hacer como nadie: escribir. Recordamos que mientras es maltratado, humillado y aislado, hay jurados internacionales leyendo y evaluando su obra; editoriales prestigiosas leyendo sus manuscritos. Y cuando vuelva a ser premiado y publicado, como seguramente volverá a ocurrir muy pronto, la prensa mundial denunciará que no puede recoger sus premios, ni asistir a las presentaciones de sus libros porque está en un campo de concentración cubano, que no es Guantánamo pero nada tiene que envidiarle a éste.
Cuiden a Ángel e intenten no seguir tirándose lodo sobre ustedes mismos. En el mundo actual ya nada se puede esconder y, más temprano que tarde, todo se sabe. De modo que será muy fácil sumar a la interminable lista de crímenes que han cometido y cometen este criminal procedimiento contra un intelectual que crece en medio del atropello mientras sus verdugos se entierran más en el estiércol de sus podridos y medrosos actos. Y eso siempre se paga.
Recordamos también, una vez más, que los mismos derechos que exigimos para Ángel, los exigimos para toda la población penal, y en especial exigimos la inmediata liberación de los presos de conciencia.
Nunca silenciarán la verdad. La historia lo ha demostrado. Al ensañarse clavando sus garras sobre Ángel Santiesteban están fortaleciendo aún más el símbolo de libertad en el que ya se ha convertido.
Así que el reclamo es claro: Raúl Castro, haga lo correcto y ordene hacer justicia con Ángel y no olvide ni por un momento de que es y seguirá siendo el responsable absoluto de la integridad física y mental de Ángel.
En nombre de la familia y amigos de Ángel Santisteban-Prats,
Los Editores
Nota: En este documental -y especialmente a partir del minuto 24.30- pueden observar y entender cómo los nazis han manipulado y escondido lo que hacían en los campos de concentración preparando un teatro perfecto en Theresienstadt a donde llevaron a los delegados de la Cruz Roja y enseñaron la “maravillosa” vida de los judios allí. La estrategia de la puesta en escena que entonces utilizaron los nazis fue copiada por el régimen de La Habana y así siguen mintiendo a la opinión pública internacional sobre lo que realmente sucede en sus campos de concentración. Lo que resulta curioso e incomprensible es que hoy en día  cuando con la ayuda de la tecnología ya nada se puede esconder y están ahí, al alcance las manos, todas las pruebas de lo que acontece, aun haya quienes lo nieguen y encima lo defiendan.

Una revolucion encima de los humildes

"Reportes de viaje"
el blog de Henry Constantín

Este viaje no lo ubico en ningún lugar de Cuba porque pudo haber ocurrido en cualquiera de los mil campos de este país, con cualquiera de los cientos de miles de campesinos cubanos.

He tenido los compañeros de viaje más distintos de este mundo. Viajé sobre pinos frescos con obreros de los aserríos en Pico Cristal, entre colmenas y humo y recolectores de miel de abeja, en una montaña de hielo con pescadores de la misma bahía de Cochinos, rodeado por resignados reclutas del servicio militar o eufóricos músicos de una orquesta; con un presidente del ICRT que no precisó qué tipo de periodista era cuando le dije y se puso a preguntarme por sus conocidos de Camagüey; metido entre decenas de fieles pentecostales o de misioneros católicos; en carros oficiales -cuando creían que podían sacar de mí otro periodista oficial- o en patrullas de gente sin ley y mirar torvo -cuando se convencieron de lo contrario-, apretujado con cubanos y cubanas de todas las provincias y olores…

Pero hace unos días tuve una compañera de viaje inusual.
Viajé con una vaca. Una vaca muy triste y enferma, tirada en el suelo, sin mugidos, como adivinando que su viaje terminaba en el matadero. “Se atoró en el fango de una laguna, pasó la noche ahí, y cuando la vimos y logramos sacarla, no se paró más”, me contó el dueño, desconocido pero conversador, a mi lado en el camión.
¿Y por qué la llevan al matadero si les queda a más de veinte kilómetros? “Nos buscamos un problema, mijo. No nos dan el certificado de defunción del animal. Y sin ese papel hay que seguir entregando leche como si estuviera viva.”

Entonces, el entrevistador empezó a revolvérseme: ¿Y cuánto les pagan en el matadero por la vaca? “Por esta, que tiene sus 700 libras, serán como 90 pesos en total.”

90 pesos cubanos son menos de 4 USD. Casi lo mismo que se gastó ese campesino en el alquiler del transporte hasta el matadero.

¿Pero le darán algo de la carne? “No, nada, mijo. Y después tengo que sacar más papeles del veterinario, y ponerle sellos, y pagar más. Yo soy el dueño de la vaca, pero tengo que darle cuentas al estado de todo lo que hago con ella, hasta después de muerta.” Y se sonrió del absurdo, mientras yo terminaba de indignarme con tanto abuso. Pero lo más duro no es la vaca propia que las leyes le obligan a regalar a los funcionarios del estado, después de haberla criado por unos cuantos años, sin ayuda de ninguna empresa estatal; lo más grave no es ni siquiera que posiblemente los hijos de ese campesino tengan que almorzar cualquier menudencia y la madre esté baja de hemoglobina, mientras los afortunados funcionarios comen la misma carne pero ahorrándose el sol y las madrugadas, y otros reúnen y exhortan y regañan a los campesinos para que sigan trabajando, y otros vigilan para que todo siga peor. Lo más duro, lo demoledor, fue el final de la conversación.

¿Y usted no protesta por todo eso?
Ay, mijo, ¿para qué?

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Mi padre y Berlín

"Generación Y"
el blog de Yoani Sánchez

Muro de Berlín

Un tren retumba a través de la ventana. En Berlin siempre hay un tren que suena en algún lugar. Me asomo y veo una realidad bien diferente a la que observó mi padre en aquel 1984 cuando llegó por primera vez a esta ciudad. Maquinista de trenes, había ganado -a golpe de horas voluntarias y mucho trabajo- un viaje al futuro. Si, porque en aquella época la RDA era el horizonte al que muchos cubanos aspiraban a acercarse algún día. Así que a aquel hombre de la locomotora y las manos llenas de grasa, le dieron también un bono para que comprara algo de ropa antes de su salida a Europa. Le tocó un juego de chaqueta y pantalón, además una maleta inmesa en la que mi hermana y yo jugábamos a escondernos. Llegó a Alemania del Este en pleno invierno y se quedó solo dos semanas en una visita guiada, cuyo objetivo principal era demostrarle a los afortunados viajeros las ventajas de aquel modelo. Y mi padre regresó convencido.

En el aeropuerto, a la vuelta, venía con una sonrisa de oreja a oreja y con una bolsa de mano. En el interior un par de zapatos para cada una de sus hijas, que resultaron ser la mejor posesión alcanzada en aquel viaje. Eso y los recuerdos. Durante décadas nos ha estado contando su estancia en la RDA. Agregando detalles cada vez, hasta convertirla en casi una leyenda familiar que debemos oír al reunirnos para alguna conmemoración. A la luz de hoy el asombro de aquel maquinista se resume en el hecho de que en Berlín había podido sentarse en una cafetería y pedir algo para beber sin hacer una larga cola, le había comprado unos regalos a sus pequeñas sin mostrar una libreta de productos racionados y logró darse una ducha de agua caliente en el hotel donde estuvo hospedado. Estaba sorprendido ante cada pequeña cosa.

Ahora soy yo la que estoy en Berlin. Pensando en que mi padre no reconocería esta ciudad, no alcanzaría a conciliarla con aquella otra que él visitó en un año tan orwelliano como su número lo indicaba. Del muro que la dividía en dos solo queda un trozo museable pintado por varios artistas; el hotel donde él estuvo probablemente se demolió y el nombre de la mujer que le traducía y lo vigilaba -para que no escapara hacia occidente- no aparece en la guía telefónica. La maleta tampoco existe más, los zapatos nos duraron sólo un curso escolar y las fotos de tono rojizo que se tomó en la AlexanderPlatz ya están tan manoseadas que ni se ven. Sin embargo, estoy segura que al regreso mi padre intentará explicarme Berlín, decirme cómo entró a una panadería y logró comerse una empanada sin presentar la cartilla de racionamiento. Me reiré y le daré la razón, hay sueños que después de tanto tiempo no vale la pena romper.